Todo comenzó con un mensaje de WhatsApp. Mi amiga Andrea Herrera —recién llegada de Alemania, con esa energía que solo traen los reencuentros y las nuevas etapas— me preguntó si quería ser voluntario en el WTA 500 de Guadalajara, uno de los eventos más importantes del tenis femenil en América Latina.
No lo dudé. Le dije “sí” de inmediato. A veces hay invitaciones que no se piensan demasiado, simplemente se sienten bien. Y esta, aunque no lo sabía en ese momento, se convertiría en una de las experiencias más intensas, divertidas y memorables del año… y justo en la semana de mi cumpleaños.
El inicio: un registro, una camiseta y muchas ganas
Mi primera parada fue el hotel NH en Punto Sao Paulo. Ahí comencé oficialmente: me registré, tomé algunos cursos de inducción y me asignaron al área de hoteles. Todo pintaba tranquilo. Sin embargo, bastaron unas cuantas horas para darme cuenta de que las verdaderas trincheras estaban en otro lado: en el centro operativo del voluntariado, donde Andrea —mi querida amiga— coordinaba una logística tremenda con casi 200 personas.
La vi corriendo de un lado a otro entre uniformes, QR codes para comidas, boletos, módulos de información, agua, snacks… y lo supe: necesitaba refuerzos. Así que me cambié de área sin pensarlo dos veces. De pronto, estaba en el corazón del movimiento, en ese espacio donde no se ve la cancha, pero donde se sostiene todo.

Detrás de los partidos, el alma del torneo
Durante diez días —del viernes 5 al domingo 14 de septiembre— mi rutina fue una mezcla de caos organizado, risas compartidas, brazos cansados y muchos “¿en qué más te ayudo?”. Nos tocó atender, motivar, orientar, resolver y escuchar. Sí, también escuchar, porque muchas veces lo que más necesitaba un voluntario era alguien que lo entendiera, que le dijera “gracias por estar aquí”, que le diera una botella de agua o simplemente le regalara una sonrisa.
Los días eran largos, pero curiosamente no se sentían pesados. Había algo en ese ambiente —quizá la emoción del torneo, el compañerismo o el compromiso colectivo— que nos mantenía con la energía encendida.
La final… desde los preparativos
El último día, mientras se jugaba la final, nuestro equipo estaba organizando la fiesta de clausura para los voluntarios. No vimos el partido, es cierto. Estábamos cargando hieleras, montando mesas, acomodando snacks y enfriando las chelas. Un poco de caos, muchas risas nerviosas… y un resultado increíble. La celebración fue hermosa. Nos abrazamos como quien termina una gran obra. Nos sabíamos parte de algo más grande.
Y en medio de todo eso, vino la sorpresa: me nombraron voluntario estrella de mi área. El premio fue una moneda conmemorativa, idéntica a la que se usa para hacer el volado en los partidos. Un gesto simbólico, sí, pero que me tocó profundamente. Porque no lo hice por el reconocimiento, pero recibirlo ese día, justo el 14 de septiembre, día de mi cumpleaños, fue un regalo inesperado y perfecto.

Lo que me llevo
Este tipo de experiencias me recuerdan por qué vale la pena decir que sí, lanzarse, salir de la zona cómoda. No todo en la vida tiene que tener un “para qué” claro. A veces, basta con estar, aportar, conectar, aprender.
Conocí personas maravillosas como Daniela, Alex, Jaime y Omar, quienes se volvieron parte de ese pequeño gran ejército que movió el torneo desde las sombras. Y sí, aún nos reímos cuando recordamos la cantidad absurda de boletos impresos que nos tocó repartir. ¡Esa anécdota quedará para siempre!
Tal vez el próximo año repita la experiencia. Tal vez no. Pero lo que es seguro es que este 2025 me regaló una historia que llevaré conmigo por mucho tiempo.