Cuando el corazón se ríe: mi travesía en FiCHo 2025
Hay festivales que se miran. Otros que se escuchan. Pero hay uno, solo uno, que se vive con todo el cuerpo, el alma y el asombro intacto: FiCHo, el Festival Internacional de Circo y Chou de México.
Este noviembre, del 11 al 29, decidí entregarme de lleno a la experiencia. No como artista. No como organizador. Sino como lo que a veces más falta nos hace ser: espectador. Y qué aventura fue.
Desde el primer día, sentí que me subía a una montaña rusa emocional donde el vértigo se mezclaba con la ternura, la risa con la reflexión. Vi más de cinco espectáculos de altísimo nivel, de esos que te dejan con los ojos como platos y el corazón latiendo fuerte. Pero no solo fui a ver. También fui a aprender, y eso cambió todo.
Tomé un taller con LoS ToNToRiaLeS (La propia idiotez, entendida como la capacidad de entrar y permanecer en un estado de pensamiento cero y de acción mínima, atributos que nos permiten conectar con el público con una fuerza inimaginable.), guiado por el genial Abraham Arzate, alias “El Rompe Récords”. Además, participé en un curso breve de malabarismo y baile que me recordó la belleza de fallar, intentar, reírse de uno mismo y seguir.
Conocí personajes entrañables, como el buen Ensalada y el crack italiano BoaTo, Andy Spigola. Tipazos. Artistas con mayúscula. Fue a través de sus shows, y especialmente de los de Abraham Arzate —tanto en FiCHo como en la FIL Guadalajara—, que volví a ver el Clown como una herramienta viva, poderosa, necesaria.
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Dos de esas funciones mágicas las vi junto a mi maestro de Clown, Manuel Ariga. Verlas a su lado fue como verlas con lentes nuevos, con ojos aún más abiertos. Pero fue el espectáculo final, Noche de FLoReS y LeCHuGaS, el que me voló la cabeza. Un show de casi tres horas, con malabarismo, acrobacias en tierra y aire, palo chino, clown, luces, sonido, producción de primer nivel… y todo por un precio simbólico. Ahí, entre aplausos y carcajadas, sentí una punzada de tristeza: ¿por qué tanta gente se resiste a pagar por arte de este calibre?
Ese contraste me dejó pensando días enteros. Porque lo que vi fue arte al nivel de un Cirque du Soleil, pero con corazón local, con alma comunitaria, con esa locura poética que solo el circo independiente puede ofrecer.
Claro, no todo fue perfecto. El show de apertura, en el centro de Guadalajara, tuvo que suspenderse por las manifestaciones de la Generación Z. Pero lejos de amargar la experiencia, eso solo hizo que lo demás brillara con más fuerza. Desde ese momento, cada función fue un agasajo. En su mayoría gratuitas, accesibles, y sobre todo, profundamente humanas.
FiCHo no solo presenta espectáculos. Teje comunidad. Une acentos, talentos y pasiones de múltiples países. Cada artista que pasó por el escenario parecía decirnos: “Aquí estamos. Sigamos creyendo”.
Yo, por mi parte, salí transformado. Y ya estoy contando los días para la próxima edición.

