Falta apenas un mes para que arranque la Copa del Mundo de 2026 y, honestamente, ya empiezo a sentir esa mezcla de emoción, ansiedad y adrenalina que solo provoca el futbol cuando se vive a escala mundial. Cada conversación, cada noticia y cada recuerdo relacionado con los mundiales parece recordarme que estamos a punto de vivir algo histórico. Y esta vez será diferente. Muy diferente.

México volverá a ser anfitrión de una Copa del Mundo por tercera ocasión. Un hecho que, por sí solo, ya es histórico. Sin embargo, para mí tiene un significado todavía más personal. En 1970 yo ni siquiera había nacido. Después, en 1986, tenía apenas seis años: recuerdos vagos, imágenes sueltas, estampas mentales del ambiente, pero nada que realmente pudiera dimensionar.

Hoy, cuarenta años después de aquel Mundial del 86, por fin siento que me toca vivirlo plenamente.

Y eso cambia todo.

He tenido la fortuna de asistir a otros mundiales. Estuve en Alemania 2006 y también en Brasil 2014. Dos experiencias inolvidables que me dejaron claro que un Mundial va mucho más allá de los partidos: es una celebración global, una mezcla de culturas, idiomas, emociones y sueños compartidos. Durante unas semanas, el planeta entero parece latir al mismo ritmo.

Pero vivirlo en casa será otra historia.

Porque ahora no tendré que cruzar océanos para sentir el ambiente mundialista. Esta vez las calles, las conversaciones cotidianas, los mercados, las familias y hasta el transporte público estarán impregnados de esa energía única. México entero se transformará en un enorme punto de encuentro para millones de personas que llegarán desde todos los rincones del mundo.

Y sí, afortunadamente ya tengo boletos.

Todavía me cuesta creer que estaré en el partido inaugural, en el mítico Estadio Azteca. Solo imaginar ese momento pone la piel chinita: el himno, la ceremonia, el estadio lleno y la sensación de que el mundo entero tendrá los ojos puestos en México. Además, también tendré oportunidad de asistir a otros encuentros, así que la emoción no deja de crecer conforme pasan los días.

Ahora solo queda esperar.

Esperar a que llegue el próximo 11 de junio de 2026 y ruede el balón para inaugurar una nueva Copa del Mundo. Esperar a que comiencen las historias inesperadas, los héroes improbables, los goles que quedarán para siempre en la memoria colectiva y esos momentos que terminan uniendo generaciones enteras.

Porque algunos mundiales se ven por televisión.

Otros se recuerdan apenas como una fotografía borrosa de la infancia.

Pero hay unos cuantos que se viven en carne propia y, estoy seguro, este será uno de esos que recordaré toda la vida.