46 años de vida bien vivida
Este año cumplo 46 años. Y más que celebrarlo como una cifra, lo vivo como una afirmación: estoy aquí, estoy vivo, y estoy agradecido. Porque estos 46 no son solo arrugas o canas nuevas, son también caminos andados, decisiones tomadas con el corazón, y muchísimas experiencias que me han hecho crecer.
Llego a esta nueva vuelta al sol con la sensación de estar en un buen lugar en la vida. No porque todo sea perfecto, sino porque cada parte —incluso los desafíos— ha sumado algo valioso. Hoy me siento pleno. Tengo una familia que me sostiene, amistades que me inspiran, y proyectos que caminan a mi lado con sentido. Todo eso es mucho más que suficiente… pero también es apenas el comienzo.
Un año de primeras veces
Este año me regaló algo que pocas veces nos damos de adultos: primeras veces. Me animé a subirme por primera vez a un escenario, no una, sino dos veces. Primero como actor, interpretando un personaje, explorando emociones que no eran mías pero que de alguna manera también lo eran. Y luego como comediante de stand up, poniéndome en la línea de fuego con mis propias historias, mis inseguridades, mis anécdotas. Fue una mezcla de miedo, adrenalina y disfrute. Pero sobre todo, fue un acto de valentía. Una declaración interna: puedo hacer cosas que nunca imaginé.
También viví el clásico argentino Boca vs River. Para quienes amamos el fútbol, no hay nada igual. Estar ahí, en la cancha, sintiendo cómo vibra el piso con cada canto, cómo se eriza la piel con cada jugada, fue algo que me marcó. Esos momentos que uno guarda en el cuerpo más que en la mente.
Y como si eso fuera poco, caminé por el glaciar Perito Moreno. Un océano de hielo que te hace sentir diminuto pero a la vez parte de algo grandioso. Pisar ese suelo frío, milenario, me conectó con una sensación profunda de respeto por la naturaleza y por el tiempo que lleva crear algo tan hermoso.
Salud, placer y conciencia
Este año también fue de reconexión con mi cuerpo. Hace tiempo venía arrastrando problemas de apnea del sueño, que no solo afectaban mi descanso, sino mi energía diaria, mi estado de ánimo, mi calidad de vida. Finalmente tomé la decisión de incorporar una máquina de presión positiva (CPAP) para dormir mejor. Parece algo técnico, pero para mí fue un acto de autocuidado profundo. Desde entonces, no solo duermo mejor: vivo mejor.
Decidí también ganar masa muscular. No por estética, sino por salud, fuerza y longevidad. Empecé a ir al gimnasio con un enfoque más consciente, respetando mis ritmos, celebrando cada pequeño progreso, sintiendo cómo el cuerpo responde cuando uno lo escucha.
Pero también me permití gozar, sin culpa y con total presencia. Este año fui al restaurante Alinea en Chicago, una de esas experiencias que uno sueña vivir alguna vez. Un restaurante con tres estrellas Michelin, donde cada plato es arte, ciencia y emoción. No fui solo a comer: fui a experimentar. A dejarme sorprender. A honrar el placer como parte de una vida consciente.
Y hablando de eso, participé del Festival Hedoné, un espacio que celebra el hedonismo desde la consciencia. Nada de excesos vacíos ni disfrute superficial. Ahí entendí que también es espiritual quien celebra el gozo, quien baila con el cuerpo entero, quien se deja tocar por el arte, la música, el otro. Conocí personas hermosas, profundas, valientes en su forma de vivir. Y eso, sin duda, también fue medicina.
Caminos que florecen
A nivel profesional, mis emprendimientos siguen creciendo. No como una carrera de velocidad, sino como una caminata firme. Con pasos que a veces parecen lentos, pero que tienen rumbo. Cada proyecto que acompaño —en permacultura, educación ambiental, composta o captación de agua— es una semilla que va dando brotes. Algunos ya están floreciendo, otros apenas asoman. Y está bien así. Lo importante es que están vivos, que tienen raíz, que reflejan mis valores.
Crear desde el propósito, sin perder la pasión ni la conexión con la tierra, me permite sentir que lo que hago tiene sentido. Y cuando uno trabaja con sentido, el trabajo deja de ser una carga y se convierte en una forma de estar en el mundo.
Vamos por más (pero de lo bueno)
Cumplir años no me asusta. Al contrario: cada año nuevo me recuerda todo lo que aún puedo crear, vivir, transformar. A mis 46 elijo seguir caminando sin miedo. O mejor dicho: con los miedos al hombro, pero sin que ellos decidan por mí.
Quiero seguir haciendo cosas nuevas, encontrándome con gente que me sacuda, que me inspire. Quiero seguir viajando, aprendiendo, amando. Pero sobre todo, quiero vivir cada día con la conciencia de que la vida es finita. Y que por eso vale la pena vivirla bien.
Así que sí: vamos por más. Pero no por más cosas, sino por más vida vivida. De la buena. De la que deja huella.