Nunca imaginé que terminaría escribiendo chistes y subiéndose a un escenario con un micrófono en mano. No porque no me guste hacer reír, sino porque nunca me vi como comediante. El stand-up era algo que conocía de lejos, con apenas un par de nombres que seguía ocasionalmente. Pero como muchas cosas en la vida, todo comenzó con una invitación inesperada.

Estaba tomando una clase de clown —sí, de esas donde aprendes a reírte de ti mismo y a ver lo ridículo con otros ojos— cuando conocí a Alan Pajarito, un compañero que también hacía stand-up. Un día, casi casual, me dijo: “Oye, ¿no te gustaría tomar un curso de stand-up? Son dos días, seis horitas cada uno, nada grave”.

Y dije, ¿por qué no?

Me inscribí sin saber bien a qué me enfrentaba. El curso fue en Hoffman Café, y los maestros eran Juan Pingüino y Ese Fred. Nos enseñaron desde cómo escribir una premisa hasta construir remates, usar la técnica del “pez fuera del agua”, y escribir one-liners. Pero lo más importante: al final había un show de graduación.

Ahí fue cuando me cayó el veinte.

Tenía dos semanas para escribir una rutina de stand-up. No tenía experiencia. No tenía chistes probados. Tenía, eso sí, una libreta llena de ideas sobre el mundo del emprendimiento: trabajar desde casa, reuniones donde siempre te prometen que “ya casi” te contratan, juntas que terminan sin presupuesto, trabajar desde Starbucks con el wifi que no sirve… todo eso que a veces uno ríe para no llorar.

Al principio escribí una rutina sobre superpoderes y responsabilidades, medio nerd, medio filosófica. Pero no cuajó. La probé en un Open Mic y nadie se rió. La semana siguiente, cambié la rutina: hablé de las desventuras del emprendedor, de la ilusión de que vas a ser tu propio jefe… y terminas siendo esclavo del algoritmo y de tus propios pendientes.

Probé esa nueva rutina en varios Open Mic, pero el público no siempre conectaba. Muchos eran godínez que no entendían ese otro mundo. Incluso un día antes del show de graduación, el host y otro comediante se burlaron de mí por no hacer reír. Fue duro. Pero también fue parte del camino.

El viernes pasado, 25 de julio 2025, llegó el día del show. Me subí al escenario. Olvidé algunas partes importantes, como las reglas del emprendimiento (solo mencioné la uno y la cinco, la dos, tres y cuatro se quedaron en mi cabeza), pero fluí. Me divertí. Hubo risas, una con aplauso incluso. Y lo más valioso: varios amigos estaban ahí apoyándome.

Hoy me pregunto si quiero seguir en esto. Tal vez sí, pero con una rutina que conecte con más gente, que no dependa tanto de si entienden el mundo emprendedor o no. Y si sigo, tengo que acostumbrarme al ritmo: anotarse en listas, esperar tu turno, a veces sin público, otras solo entre comediantes.

Es un ambiente nocturno, exigente y honesto. Pero también, como el clown o el teatro físico, es una herramienta poderosa para conectar. Quizá la meta no sea ser comediante profesional, sino integrar estas herramientas —el humor, el cuerpo, la presencia escénica— en lo que ya hago.

Aquí les dejo el video de mi primer show por si quieren reírse conmigo o de mí. Quién sabe, tal vez este sea solo el inicio.